Abril ha sido un mes extraño. Después de correr mi primera MEDIA MARATÓN, el mes se ha pasado volando y apenas he tenido salidas. Primero fueron las vacaciones de SS. Después una galbana plácida en la que quería y no quería salir a correr. Quizás, que tras saciar el deseo de MM, un vacío motivacional se extendió delante de mí. Pero como nada dura para siempre, y los nuestro es el movimiento y el devenir universal, ya he vuelto a ponerme en marcha.
Los primeros días, levantarme de la silla y ponerme a andar era poner en marcha un mecanismo oxidado y rígido que se movía a trompicones. Me costaba mis buenos veinte o treinta segundos en poder dar los pasos con normalidad. Parece un periodo breve, pero se me hacía eterno.
La primera carrera, bien, aunque molestias en las corvas. La segunda, sin molestias...durante la misma, pero al día siguiente fatal, sobre todo la rodilla, que vuelve a su estado de sí pero que no.
Antes de ayer y hoy, muy bien. Sobre todo hoy. Correr después de la lluvia, con fresco, un viento ligero en contra... sentir el el aire fluir por la cara, el pecho henchido abriéndose paso, el braceo suelto y elevarse... en fin, la gracia de correr ha vuelto de nuevo a mí.
AMAZING RACE
Día Sem
Día
Fecha
Distancia Metros
Tiempo
Km./h
Minutos 1 Km.
Estimación 10 Km (72'MM)
Fc Med
%FC Max
FC Max
Do MM Madrid
270
05/04/09
21097
136,42
9,3
6,5
64,7
165
94,44%
192
ma
271
14/03/09
3200
22
8,7
6,9
68,8
Ju
272
16/04/09
3200
20,3
9,5
6,3
63,4
162
92,06%
180
Do
273
26/04/09
3200
20,8
9,2
6,5
65,0
154
85,71%
171
ma
274
28/04/09
3200
20,8
9,2
6,5
65,0
149
81,75%
166
Ju
275
30/04/09
3200
20,25
9,5
6,3
63,3
160
90,48%
175
sábado 18 de abril de 2009
El domingo, cuando a las siete y media sonó el despertador, hacía ya varias horas que llevaba despierto. Había leído sobre esta tensión en la noche que antecede a una carrera, pero no recuerdo una noche tan en blanco como la previa al día de mi estreno en las medias. Así que cuando sonó el despertador, había tenido tiempo para reflexionar sobre todo el entrenamiento realizado, y en especial sobre la última semana, en la que tras la visita a la fisio, y descanso total, todos los músculos (parte derecha siempre, aunque los que me seguí ya lo sabéis) se habían llenado de dolores y molestias imaginarias. Tal y como ya me había prevenido Mayayo.
Apago el despertador con celeridad y salgo de puntillas de la habitación, rumbo al comedor donde tenía dispuesta y convenientemente ordenada toda la vestimenta y demás corazas varias con las que me voy a enfrentar a este monstruo sinuoso con el que tenía cita concertada. Muslera, rodillera, calcetines de compresión, y sobre ellos, pantalón largo de chandal, para que no dejar al aire mis flaquezas. Junto con la ropa, las provisiones. Dos barritas de cereales y chocolate. Y el arma definitiva, las ampollas de glucosa que habían repartido junto con la bolsa del corredor.
Desayuno lo habitual de todos los días, es decir, ligerito, ligerito. Un vaso de leche, una barra de cereal y una galleta de chocolate. Puesta de zapatillas y salgo pitando para el cercanías. En el camino, congoja por haber olvidado dejar mi otro móvil abierto. Si tengo un accidente, ¿a qué teléfono podrá llamar la organización? Pero ¡qué diablos! Llevo el carne encima y en el móvil que va conmigo sólo figuran dos números, y son de casa. En la estación, primeras rectas de calentamiento y subida de peldaños de dos en dos. Dentro del tren, el corazón bate con fuerza el pecho. ¿Era necesario? En el vagón todos tienen pinta de curritos en turno de domingo, no se ve ningún corredor. Estos últimos no aparecerán hasta que llego a la boca de salida. Ahora ya sí me parece un día de carreras.
Camino del Paseo de Coches, subo por Alfonso XII. Quiero imaginarme como será la llegada por esta cuesta. Como estaré al encarar el Ángel Caído. Miro al cielo, hay nubes, pero también claros por los que el sol brilla con fuerza. La mañana es fresca. Me parece un hermoso día para dejarse la piel en la media. Sin saber por qué, pienso en los que en días así hicieron de Madrid un rompeolas en el corazón de España. Quizás es que estamos en fechas.
Pero algo rompe mis ensoñaciones y divagaciones. Es el indicador de kilómetro diecinueve en medio del paseo del Ángel Caído. Según mis cálculos, eso no debería estar ahí, sino un par de kilómetros antes de llegar a destino. Para mis adentros pienso que me acaban de reducir la bajada en dos kilómetros. Que el cuestón final no empieza en el diecinueve, sino antes. Pero dejo de hacer elucubraciones y me dirijo con paso firme hacía la zona donde se encaminan los demás corredores.
Ya en el Paseo de Coches, recojo mi chip. Me llama la atención la presencia de algunos y algunas paracas. Que cada vez son más, y no sólo paracas, también de otras unidades. Esto es nuevo para mí. La mayoría están agrupados alrededor de sus banderines. Se desplazan de acá para allá, entre los numerosos corredores concentrados en la zona.
Recojo el chip con rapidez. Hay muchos puestos y ninguna cola. Después, en el extremo opuesto, está el ropero, en el que dejo la bolsa y la camiseta polar. También funciona con agilidad. Una pareja de chicas americanas me piden que le haga una foto. Ya está. Salen guapísimas. Me dan las gracias en castellano con su acento inconfundible.
Junto a la casa al final del Paseo de Coches me pongo a calentar y a estirar un poco. En un banco veo a Pablo. Nos saludamos. Hablamos. Quedamos en vernos al final. Me pregunta que tiempo pienso hacer, y me quedo en blanco. Y es que tras darle muchas vueltas, en mi mente está el acabar y que sea antes de las dos horas veinticinco minutos del cierre de carrera. Le digo dos horas y cuarto. Nos despedimos hasta después de la carrera.
Termino el calentamiento y me dirijo hacia la zona de salida. Me pongo hacia el final, detrás del cartel de más de 1h 59'. El Paseo está lleno. La gente se pone a mirar al cielo. Son paracas que han saltado y aterrizan junto al público. Uno, dos, tres. La gente aplaude. Queda el último, el de la bandera nacional. Más aplausos.
Nos vamos apretando. Cada vez somos más en menos espacio. A mi derecha, en formación, rodeando el banderín, paracas. Más allá la compañía de honores del Ejercito del Aire. Unas chicas hablan de las marcas que piensan hacer. De como van a correr la media. De repente, gritos, aplausos, la carrera acaba de empezar. Pienso que vamos a salir pronto. Pero no es así. Aunque el Paseo es ancho, son muchos los corredores que deben pasar bajo el arco y tardamos algún que otro minutillo en que nos toque el turno. Ya está. Pongo el cronómetro. Acabamos de comenzar. Los primeros metros son lentos, vamos muy apretados y no deja de ser un andar ligero. Poco a poco nos vamos espaciando y podemos correr sin tropezar unos con otros. Tras los primeros minutos empiezan a aparecer algunos repechos suaves que tomo con ánimos. Miro las pulsaciones y se acercan a las 170. Aflojo y veo como empiezan a pasarme corredores sin parar. Esto dura hasta más o menos el puente de Juan Bravo. Al torcer para Almagro, miro hacía atrás y veo el fin de la carrera, que en ese momento cruzaba el puente. Me digo a mi mismo que si sigo a ese ritmo pronto me van a alcanzar. Mientras estoy en esas cavilaciones, unos simpáticos patinadores me hacen volver a la realidad y a centrarme en lo que tengo delante, no vaya a ser que me de un castañazo.
Llegamos a Santa Engracia, y el primer avituallamiento se acerca. Voy pendiente para colocarme adecuadamente cuando aparezca. Vamos llegando al primer puesto y nos dicen: "Más adelante tenéis agua". Me mosquéo. En el suelo hay muchas botellas aplastadas y personal recogiéndolas. Sigo viendo mesas sin agua. Empiezo a temerme lo peor. Y efectivamente, no hay agua en el primer avituallamiento. Maldigo mil veces a la organización. Es increíble que esto pase en esta carrera. Me siento estafado y por momentos el cabreo me puede. Y también, por primera vez en mi vida, no me alegra la eficacia del servicio de limpieza, que prácticamente no ha dejado en el suelo una botella desechada que llevarme a la boca.
Sigo subiendo por Santa Engracia. Los bomberos hacen sonar las sirenas a nuestro paso. Algunos viandantes aplauden y dan ánimos. Algún corredor comparte algo de agua que ha comprado en un bar. En un momento, uno que va delante de mí se agacha y recoge una botella usada con algo de líquido. Miro y veo otra en buen estado. Me lanzo flechado a por ella y apuro el trago que resta. Me consuelo pensando que los corredores somos gente sana. Que quizás no va a haber más agua para nosotros que ésta. Miro atrás. Ya no se ve la cola. Buena señal.
Paso Cuatro Caminos y empiezan las molestias en la rodilla. Molestias leves, que no van a más. pero que me dejan intranquilo. Trato de calcular mentalmente el ritmo y me sale a seis y poco minutos por kilómetro, lo que entra dentro de lo que yo espero. Parece que la cuesta no está siendo tan terrible como había pensado. Desde luego que más empinadas son las de VK. Algún viandante se queda mirándonos atónito. Pensando quizás en que clase de locos son estos que se patean esas cuestas a esas horas de la mañana de un domingo, con lo bien que se está en la camita. Alguno que otro nos aplaude.
De repente empieza a molestarme el glúteo derecho. La molestia sube de intensidad y empieza a parecerse a algo llamado dolor. ¡¡¡ Lo que me faltaba!!!! Supongo que llegaré al kilómetro diez, pero me empiezan a entrar dudas si después de ese punto no empezará un calvario.
Pasamos plaza Castilla, alguna gente aplaude. Enfilamos Mateo Inurria y el camino empieza a hacerse más leve. Paso el kilómetro diez y veo que llevo una hora y cinco minutos. Lo que es estupendo y me da ánimos. En mi cabeza está que ahora vienen kilómetros de bajada y empiezo a soñar. Aunque la pierna derecha va fastidiada de abajo a arriba, parece que voy aguantando. Saco una barrita de cereales y me la como mientras corro. Más adelante está el avituallamiento. Misma historia, los puestos primeros sin agua y nos indican que más adelante la habrá. Pero esta vez es cierto. Hay agua y puedo saciar un poco la sed. Mientras bebo, camino un poco.
Llamo por teléfono a casa para decir que pasé la gran cuesta y que parece que no voy a tener problemas en llegar. Mientras hablo y corro, aparece una subida. La bajada no es continua como ingenuamente la había imaginado, sino que de trecho en trecho hay un empinamiento que va machacando la resistencia y las piernas. En el bolsillo llevo la glucosa que han regalado. La tomo o no la tomo. Hay muchos envases por el suelo, otros lo están haciendo. Decido aguantar y no tomarla. No sé, me parece que es como si me dopara.
El recorrido por Serrano se me hace familiar. Es el de la San Silvestre. Quiero apretar, subir el ritmo, pero no puedo. Me conformo con que la rodilla aguante, que parece que va a ser así. Pero la molestia es intensa en el glúteo y eso me crea cierta incertidumbre. Van pasando los metros, los kilómetros. No veo los puntos de señalización. Mi cabeza en estos momentos está sólo centrada en mantener el ritmo, en sentir mis piernas y apenas percibo nada de lo que me rodea. Salvo a dos chicas, que corren con una camiseta con el letrero "A mi me entrena Manolo". Me hace gracia y sonrío. Al poco parece un señor con camiseta blanca y letrero en la espalda: "Manolo". Este trio provoca bromas y comentarios alegres que ayudan a seguir adelante.
En el siguiente avituallamiento no falta el agua. Voy ganando confianza. Creo que si no me he roto, no me voy a romperme ya. Pero el cansancio se ceba en mis piernas. Vuelvo a barajar el tomarme la glucosa. Por un lado me parece una tontería no hacerlo, pero por otro parece que eso va disminuir el mérito de la carrera. Decido no tomarla, salvo que las piernas entre en fracaso.
Cuando llego a Menéndez Pelayo, noto un subidón de moral. Ya se ve una esquina del Retiro, sólo hay que dejarse caer, darle la vuelta y entrar. Quisiera acelerar, pero las piernas están zombis. Van en automático y a su aire. Junto con ello, las molestias se han adormecido.
Alguien grita por detrás de la reja del Retiro. Giro la cabeza instintivamente y veo, oh casualidad, a Ana "Dallas" dando ánimos a la chica que va a mi lado. La saludo y veo que ella también me ha visto y me lo devuelve. Me parece increíble, que en esa vorágine de gente corriendo, se produzcan estos felices encuentros casuales.
Estos kilómetros finales, aunque cuesta abajo, se me hacen un poco largos por el ansia de llegar a meta. Delante de mi se sitúa una chica con mallas negras. Lleva un cinturón con la bebida y un pequeño bolso en el que van metidas sus llaves. Tris, tras, tris, tras... Es curioso, pero ese ruido que hacen las llaves al entrechocar me sirve para marcar el ritmo y no desfallecer. Llegamos a Alfonso XII. El cuestón final. El paso se hace pesado y lento. Salvo el gesto, no creo que haya mucha diferencia con el caminar. Pero el tris-tras me lleva para arriba, a pesar de que cada vez lo escucho más débil y lejano mientras yo me voy quedando atrás.
Camino del Ángel Caído la gente anima y la cuesta sigue haciendo estragos. Hinco la cerviz y sigo con tozudez. Uff, fin de la cuesta, esto se acabó. Toca ahora el pequeño recorrido por el Retiro. Mucha gente animando. Alguien se dirige a mí y me grita: "Keep going, keep going. I remember you!!!". Debe ser una de las chicas americanas a las que hice la foto. Más ánimos. Veo en un recodo a Pablo comiéndose un plátano y dándome ánimos.
Son los últimos metros. De repente me ha entrado el antojo de comer plátano. Enfilo el paseo de Coches, al fondo la meta. Trato de erguirme, correr con cierto estilo para pasar la línea de llegada con orgullo. Levanto las manos, y paso. En mi crono, 2h 19' 58''. FELICIDAD TOTAL.
Tras la meta, descubro que no puedo andar. Cuando lo intento las pierna me duelen, están rígidas como un palo. Tengo que seguir trotando lentamente en dirección al cajón de salida hasta que por fin logro dar unos pasos. Allí entrego el chip, tomo el bote de zumo multifrutas, y me pongo a buscar plátanos. No quedan... en un rincón los tres últimos. Cojo el mío y pienso en todos los que se van a quedar sin él.
Estiro un poquito. Voy al ropero por mi bolsa. Me encuentro con Pablo de nuevo. Comentamos la carrera y bajamos hasta Atocha a tomar una cervecita. Tranquilamente. En una terraza. Broche de oro a un día extraordinario.
Sólo decir brevemente que he logrado terminar el MM de Madrid. Según mi cronómetro, 2h 19' 58''. Ha sido un gran día y me siento feliz.
sábado 4 de abril de 2009
Hoy he realizado el último acto previo a la Media Maratón de Madrid 2009. He recogido el dorsal en la estación de Nuevos Ministerios. Ya en la zona del corredor, entre tantos tenderetes, no faltaba el de las FF. AA., no tenía claro dónde tenía que dirigirme. pero un miembro de la organización, al ver mi cara de despistado me ha preguntado si buscaba los dorsales y me ha indicado que fuera al fondo a la derecha, tras buscar previamente el número de dorsal en la lista alfabética de corredores. El dorsal es como los habituales, pero tiene la novedad de venir con una bolsa de plástico pegada a su espalda, que es dónde se debe introducir la tarjeta con el microchip RFID.
Después, tras perderme un poco por entre los tenderetes, he recogido la camiseta, blanca, con la que correremos este año. Menos mal que la he sacado de la bolsa y la he ojeado, porque tenía un manchón de tinta y la he podido cambiar. En la bolsa del pre-corredor una cervecita sin alcohol, barraritas de cereales y dosis de glucosa. Además de tiritas y alguna otra cosa.
En un tenderete daban también una bolsa para las zapatillas. Y en otros los de podología te miraban la pisada.
Esta última semana me la he tomado de descanso, sin apenas actividad. Me he dado el masaje de descarga muscular. Y la fisio me ha dicho que iba cargado de gemelos, y los cuádriceps bien. Y que en general me notaba las piernas más fuertes. De algo habrá servido el entrenamiento.
El plan es muy sencillo. Acabar. Reservarme en los primeros 10 km. de subida. Dejarme caer en los siguientes 9. Y en los dos últimos y empinados, sufrir.
Ya sólo queda esperar. Y decir que mentalmente estoy muy fuerte, pues sé que salvo mayores, no hay duda de que voy a lograr MMP :))